
Ese barco se encontraba en mitad del mar, iba sin rumbo y sin destino fijo. Lo que nadie podía imaginar es que no iba solo. Dentro de él, se encontraba una capitana.
Esta capitana siempre estaba en su camarote, se pasaba el día escuchando canciones tristes y lamentándose de no encontrar la brújula que había perdido hacía tiempo.
Sin saber por qué, una mañana, la capitana despertó con ganas de subir a la cubierta del barco, hacía muchos días que no lo hacía, y sintió la necesidad de hacerlo.
Cuál fue su sorpresa, que a lo lejos pudo divisar un montón de barcos varados en una isla, había muchos y todos ellos estaban abandonados a su suerte.
La capitana, extrañada, quiso acercarse un poquito más para ver si había alguien. Después de un buen rato, se dio cuenta que allí no había nadie, solamente huesos y telarañas. Aquellos barcos dejaron de cumplir con su misión, se quedaron naufragando sin rumbo y acabaron todos ahí, en una isla llamada «Algún día».
En ese justo momento, la capitana comenzó a sentir un escalofrío por su cuerpo y se dio cuenta de que no quería acabar de aquella manera, y fue entonces cuando comenzó a escribir su nueva historia.
La capitana se armó de valor, se hizo de una nueva brújula, arrió las velas, trazó un plan en su cuaderno de bitácora, cogió el timón de su barco y se dispuso a navegar en la búsqueda de su nuevo destino.
La travesía fue dura, no nos vamos a engañar, pero la capitana contaba con su mapa, su brújula y sus ganas de llegar al destino que se había propuesto, y así lo hizo.